
La noche comenzó mucho antes del primer golpe al balón. En el Levi’s Stadium, la previa del Super Bowl LX tenía aire de historia: los Seattle Seahawks buscaban su segundo título y los New England Patriots intentaban convertirse en el equipo más ganador de la NFL. Cuando los equipos saltaron al campo, el ambiente ya era de final clásica: defensa contra tradición, disciplina contra experiencia.
Primer cuarto: la defensa marca el tono
Desde la primera serie ofensiva quedó claro el libreto del partido. Seattle recibió el balón y avanzó con paciencia, combinando corridas y pases cortos hasta cruzar el medio campo. La ofensiva no logró entrar a la zona de anotación, pero el primer field goal abrió el marcador: 3-0.
La respuesta de New England fue inmediata, aunque breve. Drake Maye encontró un par de avances por tierra y por aire, pero la presión de la línea defensiva de Seattle apareció temprano con capturas que obligaron al despeje. El primer cuarto terminó con la sensación de que cada yarda costaría demasiado.
Segundo cuarto: control sin espectáculo
El partido se convirtió en un duelo de trincheras. Seattle logró sostener drives largos apoyado en el juego terrestre de Kyle Walker, moviendo el reloj y el campo, aunque nuevamente sin llegar al touchdown. Dos field goals más ampliaron la ventaja a 9-0 antes del descanso.
Los Patriots, mientras tanto, no encontraban respuestas ofensivas. Maye enfrentaba una presión constante y la ofensiva apenas conseguía primeros downs aislados. Al llegar el medio tiempo, la defensa de Seattle dominaba completamente el ritmo del juego.
Tercer cuarto: la muralla se mantiene
Tras el descanso, el guion no cambió. Seattle armó una larga serie ofensiva que terminó en su cuarto field goal, colocando el marcador 12-0. La defensa de los Seahawks continuaba impenetrable: capturas, presiones y coberturas cerradas mantenían a los Patriots sin respuestas.
El momento más crítico para New England llegó cuando Drake Maye perdió el balón en un fumble cerca del final del tercer cuarto. Aunque Seattle no capitalizó inmediatamente, el mensaje era claro: el control emocional y táctico estaba del lado del equipo de Mike Macdonald.
Cuarto cuarto: el partido se rompe
El último período comenzó con la jugada que cambió la narrativa ofensiva del partido. Sam Darnold conectó con AJ Barner para el primer touchdown del juego, ampliando la ventaja a 19-0. Parecía el golpe definitivo.
Los Patriots reaccionaron con un touchdown propio para poner el marcador 19-7, pero la esperanza duró poco. En la siguiente serie clave, Maye lanzó un pase interceptado que fue devuelto hasta la zona de anotación. Con la conversión posterior, Seattle tomó una ventaja casi irreversible de 29-7.
El resto del cuarto fue una combinación de control del reloj por parte de Seattle y desesperación de New England. Los Patriots lograron un touchdown tardío para dejar el marcador 29-13, pero el resultado ya estaba decidido.
El cierre: revancha y título
Cuando el reloj llegó a cero, los Seahawks celebraron en el centro del campo. La defensa había sido la protagonista absoluta: cinco capturas sobre Drake Maye, múltiples pérdidas de balón forzadas y un control total del ritmo del partido.
El triunfo significó el segundo Super Bowl en la historia de Seattle y una revancha simbólica por la derrota ante New England en el Super Bowl XLIX de 2015. Para los Patriots, en cambio, fue una oportunidad perdida de quedarse solos como la franquicia más ganadora de la NFL.
El marcador final —Seattle 29, New England 13— resumió una noche en la que la defensa de los Seahawks no solo ganó el partido: lo definió desde el primer minuto hasta el último.






