
En la era del «Big Data», la secuenciación genómica y la inteligencia artificial diagnóstica, corremos un riesgo silencioso pero devastador: convertirnos en excelentes técnicos de la biología, pero en mediocres sanadores de almas. Como epidemiólogo, paso mis días analizando curvas, incidencias y prevalencias; sin embargo, la verdadera salud pública no ocurre en una hoja de cálculo, ocurre en la compleja, desordenada y hermosa experiencia humana.
Hoy quiero hacer una invitación radical a mis colegas: debemos volver atrás. Debemos regresar al ideal del médico de hace siglos, aquel que entendía que, para curar el cuerpo, primero debía cultivar su propio espíritu a través del arte, la política y las humanidades.
La Medicina y el arte: Vasos comunicantes
Antiguamente, el médico no solo prescribía; también filosofaba, escribía versos o apreciaba la pintura. ¿Por qué es esto relevante hoy? Porque la poesía, por ejemplo, nos enseña sobre el ritmo, la pausa y el silencio, herramientas vitales a la hora de dar una mala noticia o escuchar el relato entrecortado de un paciente angustiado. El teatro nos enseña sobre el lenguaje corporal y la empatía, permitiéndonos leer lo que el paciente no dice, pero grita con su postura.
No es casualidad que grandes médicos hayan sido grandes artistas. Antón Chéjov, el maestro del cuento ruso, era médico y solía decir: “La medicina es mi esposa legal; la literatura, mi amante”. Su capacidad para observar los detalles clínicos era la misma que usaba para describir la condición humana en sus relatos.
Pensemos en William Carlos Williams, pediatra estadounidense y uno de los poetas más influyentes del siglo XX, quien encontraba en la simplicidad de la vida cotidiana de sus pacientes la materia prima para su arte. O en Alexander Borodin, prominente químico y médico, quien compuso óperas y sinfonías. Ellos no eran médicos a pesar de ser artistas; eran mejores médicos gracias a que lo eran. El arte afina la sensibilidad, y sin sensibilidad, el diagnóstico es frío y el tratamiento, incompleto.
El Médico como «Zoon Politikon» (Animal Político).
Existe un tabú moderno que dicta que «los médicos no deben meterse en política». Como salubrista, refuto enérgicamente esa idea. La política, en su definición más noble y aristotélica, es la gestión del bien común.
Si la salud publica nos muestra que la pobreza, la falta de agua potable o la educación deficiente son las causas raíz de la enfermedad, ¿cómo podemos pretender curar sin involucrarnos en las políticas que rigen esas condiciones?
El padre de la patología moderna y de la medicina social, Rudolf Virchow, fue un político activo que luchó por reformas sanitarias en Prusia. Su frase resuena hoy más que nunca en nuestros ministerios: «La política no es más que medicina a gran escala». Un médico honesto debe involucrarse en la política, no por vanidad o búsqueda de poder, sino por responsabilidad ética.
Necesitamos médicos en los congresos, en las alcaldías y en los consejos municipales. Pero necesitamos médicos cultos, que entiendan de sociología y economía, para confeccionar políticas de salud que no sean parches, sino soluciones estructurales que beneficien al pueblo. La honestidad intelectual del científico debe trasladarse a la honestidad en la gestión pública.
La integralidad como herramienta terapéutica
Cuando estudiamos una novela, aprendemos a entender tramas complejas y personajes contradictorios. ¿Acaso no es eso una historia clínica? Un paciente es una novela viva, llena de antecedentes, conflictos y crisis. Si carecemos de cultura literaria, nuestra lectura de ese paciente será superficial.
La pintura nos enseña a observar matices de color —la palidez de una anemia, la cianosis sutil, la ictericia incipiente— con la agudeza de un artista. La historia nos da contexto para entender por qué ciertas poblaciones desconfían del sistema de salud.
Para terminar…
Ser médico es mucho más que conocer la fisiología y la farmacología; es una profesión intrínsecamente humanista. La propuesta de este artículo se resume en los siguientes puntos:
- El Arte como entrenamiento clínico: La literatura, la poesía y el teatro entrenan la empatía, la observación y la comunicación, habilidades blandas que son tan críticas como el conocimiento técnico.
- La Política como medicina preventiva: El médico debe participar en la política honesta para atacar los determinantes sociales de la salud desde la raíz, siguiendo el ejemplo de figuras como Virchow.
- El Renacimiento personal: Cultivar pasiones fuera de la medicina evita el «burnout» y nos mantiene conectados con la belleza de la vida que intentamos preservar.
En conclusión, la integralidad del conocimiento no es un lujo intelectual, es una necesidad clínica. Un médico que lee poesía, que se conmueve con una obra de teatro, que entiende la historia de su pueblo y que participa activamente en la mejora de las políticas públicas, es un médico que tiene más herramientas para sanar.
Para prevenir enfermedades y tratar dolencias en este siglo XXI, paradójicamente, necesitamos recuperar el espíritu de los siglos pasados. Necesitamos ser científicos rigurosos en la mañana, y poetas o ciudadanos políticos comprometidos por la tarde. Solo así, abrazando nuestra humanidad completa, podremos cuidar verdaderamente de la humanidad de nuestros pacientes.
*Médico epidemiólogo y gerente sanitario. Jefe del Departamento Nacional de Salud y atención integral de la población-MINSA. Director Medico en MiniMed Corp.





