
La alimentación es el pilar de nuestra salud y desarrollo, pero cuando su inocuidad se ve comprometida, el plato en nuestra mesa puede transformarse silenciosamente en un riesgo latente. Desde la primera línea de la salud pública, coordinando y supervisando la atención integral de nuestra población, he sido testigo de cómo las enfermedades transmitidas por alimentos desestabilizan desde el bienestar de nuestras familias hasta la economía nacional. El 7 de junio al conmemorar el Día Mundial de la Inocuidad de los Alimentos, es momento de visibilizar esta amenaza a menudo ignorada y comprender que garantizar alimentos seguros en cada eslabón de la cadena no es solo una meta regulatoria, sino un compromiso vital que requiere nuestra acción inmediata.
La carga en las Américas: Más allá de una infección
La ingesta de alimentos contaminados por bacterias nocivas, virus, parásitos, toxinas y sustancias químicas puede desencadenar una amplia gama de padecimientos. No hablamos solo de episodios agudos de gastroenteritis; estas exposiciones están vinculadas a más de 200 enfermedades, incluyendo afecciones crónicas severas como insuficiencia renal y ciertos tipos de cáncer.
En la Región de las Américas, los datos epidemiológicos de la Organización Panamericana de la Salud (OPS) revelan una realidad contundente: cada año, 77 millones de personas padecen alguna ETA, y más de 9,000 pierden la vida. Esta carga no se distribuye de manera equitativa. Afecta de forma desproporcionada a los grupos más vulnerables de nuestra sociedad: niños menores de cinco años, mujeres embarazadas, adultos mayores y personas con enfermedades crónicas o sistemas inmunológicos comprometidos.
El doble desafío para la Salud Pública
Desde la trinchera de la salud pública, las ETA representan un problema de doble impacto:
- Colapso y morbilidad: Los brotes masivos sobrecargan directamente los sistemas de salud, demandando camas hospitalarias, insumos y tratamientos antimicrobianos. Este último punto es crítico, ya que el uso excesivo de medicamentos en la cadena alimentaria y humana exacerba la actual crisis global de resistencia a los antimicrobianos (RAM).
- Impacto socioeconómico: Según estimaciones del Banco Mundial y la OPS, las enfermedades transmitidas por los alimentos cuestan a nuestra región aproximadamente 7,400 millones de dólares anuales en pérdidas de productividad. Un brote no contenido enferma a la fuerza laboral, paraliza cadenas de suministro, y destruye la confianza en el turismo y la exportación.
El panorama de la inocuidad en Panamá
A nivel local en Panamá, nuestra posición geográfica como «Hub de las Américas«, el clima tropical y nuestra dependencia del sector servicios y turístico añaden capas de complejidad a la vigilancia alimentaria.
De acuerdo con la información y los esfuerzos del Ministerio de Salud (MINSA), se reconoce plenamente que las ETA pueden mermar drásticamente las actividades comerciales y el turismo del país. Por ello, Panamá ha impulsado iniciativas institucionales orientadas a la modernización de su regulación, como la consolidación de la Dirección Nacional de Controlde Alimentos y Vigilancia Veterinaria, buscando robustecer la vigilancia y el control desde la producción hasta la comercialización.
Sin embargo, persisten retos estructurales. La manipulación de alimentos en el sector informal (venta ambulante), la trazabilidad en los mercados municipales y las rupturas en la cadena de frío, son elementos críticos en nuestro clima húmedo y caluroso donde aún se concentran focos de infecciones bacterianas, virales y parasitarias endémicas.
Recomendaciones estratégicas y prevención
Como subraya la campaña de la OMS de este año, los datos y la ciencia deben guiar la acción hacia soluciones rentables y focalizadas. La prevención de las ETA exige un enfoque de Una sola salud (One Health), que integre la sanidad humana, animal y ambiental.
Para los Gobiernos y Autoridades de Salud:
- Fortalecer la Vigilancia Epidemiológica: Se deben modernizar las redes de laboratorios y atención primaria para mapear en tiempo real los brotes de ETA. Las decisiones deben tomarse basadas en datos epidemiológicos locales.
- Inspección y Normativas: Aplicar con rigor normativas alineadas con el Codex Alimentarius, reforzando las inspecciones en mataderos, centros de acopio y aduanas.
- Trabajo Intersectorial: Agricultura, Salud y Comercio deben trabajar al unísono para educar a los productores y comerciantes, reduciendo los riesgos desde la granja hasta el anaquel.
Para la población y manipuladores de alimentos:
La educación es nuestra principal vacuna contra las ETA. Es esencial adoptar sistemáticamente las Cinco Claves para la Inocuidad de los Alimentos de la OMS:
- Mantener la higiene (lavado exhaustivo de manos y superficies).
- Separar siempre los alimentos crudos de los cocinados para evitar la contaminación cruzada.
- Cocinar completamente los alimentos, asegurando temperaturas seguras en el centro de las carnes.
- Mantener los alimentos a temperaturas seguras (refrigerar rápidamente y no dejar comida a temperatura ambiente).
- Utilizar agua e ingredientes crudos seguros y certificados.
Conclusión
Salvaguardar la seguridad y la inocuidad alimentaria no es una tarea de un solo día, sino un pilar innegociable y continuo de la salud pública. En mis años de práctica, he comprobado que la inmensa mayoría de las enfermedades transmitidas por alimentos son enteramente prevenibles si se aplica el conocimiento científico disponible.
En este Día Mundial de la Inocuidad de los Alimentos 2026, el llamado a pasar «del costo a las soluciones» nos exige abandonar la reactividad y adoptar la prevención integral. Solo garantizando que la comida sea segura en todas partes y para todas las personas, podremos proteger la vida de nuestras poblaciones vulnerables, blindar el desarrollo económico en Panamá y el resto de las Américas, y construir un futuro verdaderamente saludable.
* Médico epidemiólogo, Jefe del Depto de Salud y Atención Integral a la Población MINSA. Director Médico Corporativo en MiniMed Corp.




